Ideales ascéticos

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Un ideal ascético es estrictamente un ideal espiritual de vida. Cuando Nietzsche habla de ascetismo o de ideal ascético se está refiriendo estrictamente al ideal decadente del cristianismo por su carácter destructor mediante la culpa, el resentimiento y la creencia en Dios. Ahora bien, si el ideal ascético representa de algún modo el fenómeno del nihilismo –siendo éste la decadencia de los valores europeos o la falta de valores de vida–, ¿cómo se manifiesta esta caída de valores supremos en el ascetismo? Y más concretamente: ¿cuáles son estos ideales ascéticos? Nietzsche presenta la «voluntad de la nada» en el análisis del ideal ascético de la tercera disertación de La Genealogía de la Moral, a partir de la pregunta “¿Qué significan los ideales ascéticos?”. Dice Nietzsche:

«¿Qué significan los ideales ascéticos? – Entre artistas, nada o demasiadas cosas diferentes; entre filósofos y personas doctas, algo así como un olfato y un instinto para percibir las condiciones más favorables de una espiritualidad elevada; entre mujeres, en el mejor de los casos, una amabilidad más de la seducción, un poco de morbidezza [morbidez] sobre una carne hermosa, la angelicidad de un bello animal grueso; entre gentes fisiológicamente lisiadas y destempladas (la mayoría de los mortales), un intento de encontrarse «demasiado buenas» para este mundo, una forma sagrada de desenfreno, su principal recurso en la lucha contra el lento dolor y contra el aburrimiento; entre sacerdotes, la auténtica fe sacerdotal, su mejor instrumento de poder, y también la «suprema» autorización para el mismo; finalmente, entre santos, un pretexto para el letargo invernal, su novissima gloriae cupido [novísima avidez de gloria], su descanso en la nada («Dios»), su forma de locura. Ahora bien, en el hecho de que el ideal ascético haya significado tantas cosas para el hombre se expresa la realidad fundamental de la voluntad humana, su horror vacui [horror al vacío]: esa voluntad necesita una meta – y prefiere querer la nada a no querer. – ¿Se me entiende?… ¿se me ha entendido?… «¡De ninguna manera, señor!» – Comencemos, pues, desde el principio.» (HW Bd. IV, 98-99:127-128)

El «querer la nada» que hace explícito Nietzsche es la expresión de la espiritualidad del sacerdote: prefiere querer “la nada” a “no-querer”; es un síntoma de una forma de vivir que deviene un peligro para la vida misma, pues aunque Nietzsche afirme que «el ideal ascético es una estratagema en la conservación de la vida» (HW Bd. IV, 127:156), lo que caracteriza su peligrosidad es su procedencia, su origen, ya que proviene «del instinto de protección y de salud de una vida que degenera» (HW Bd. IV, 127:156). Es esta vida «que degenera», elegida por él, la que caracteriza al sacerdote como enemigo de la vida, es la expresión de una décadence. Esta voluntad de la nada que caracteriza la negación del sacerdote, en la medida que prefiere la nada a no-querer, resulta peligrosa y, como dice Nietzsche, incluso malvada.

«[…] De todos modos, también se podría añadir, con cierta equidad, que en el terreno de esta forma esencialmente peligrosa de existencia humana, la forma sacerdotal de existencia, es donde el hombre en general se ha convertido en un animal interesante, que únicamente aquí es donde el alma humana ha alcanzado profundidad en un sentido superior y se ha vuelto malvada […]» (HW Bd. IV, 22:45)

Cabe decir que esta maldad propia del sacerdote se entiende a partir del análisis que realiza Nietzsche sobre lo “bueno” y lo “malo” en relación con su etimología e historia en la medida en que se ha configurado a lo largo de la historia a partir de una forma de comprender lo “bueno” y lo “malo”, origen de toda moral. Nietzsche entiende por “bueno” lo «anímicamente noble, de aristocrático, […] anímicamente privilegiado» (HW Bd. IV, 17:40), y por “noble” entiende, según su etimología, «alguien que es, que tiene realidad, que es real, que es verdadero» (HW Bd. IV, 18:41). Opuestamente a lo “noble”, en lo “malo” y lo “miedoso” (comparados en contraposición a lo “bueno”) «se subraya la cobardía» (HW Bd. IV, 18:41), una cobardía que define a la casta sacerdotal por «[…] incubar ideas y en parte explosivos en sus sentimientos, que tienen como secuela aquella debilidad y aquella neurastenia intestinales […]» (HW Bd. IV, 21:44).

En “El Anticristo” Nietzsche afirma que esta decadencia es la expresión de una corrupción, pues es el sacerdote quien pierde sus instintos en virtud de su propia espiritualidad moral, corrompiéndose: «Yo entiendo la corrupción, ya se lo adivina, en el sentido de décadence [decadencia]: lo que yo asevero es que todos los valores en que la humanidad resume ahora sus más altos deseos son valores de décadence. Yo lo llamo corrompido a un animal, a una especie, a un individuo cuando pierde sus instintos, cuando elige, cuando prefiere lo que a él le es perjudicial. […]» (HW Bd. IV, 368:34)

El término alemán original «böse» se ha traducido de múltiples formas. En la traducción catalana de Leita, J. se traduce como «pervers», que pone más el énfasis en la cuestión psicológica del desequilibrio, mientras que en la traducción española de Sánchez Pascual, A., se traduce por «malvado», que atiende más a la cuestión voluntaria, a la decisión consciente, es decir, en última instancia, a la lógica de la razón que representa la responsabilidad del cristiano en el consentimiento. En la medida en que en la segunda disertación Nietzsche desarrolla todo un análisis del resentimiento y de la culpa considero que la traducción de Sánchez Pascual acierta más en la traducción por resaltar la cuestión de la intención, pues sólo quien actúa conscientemente y voluntariamente puede devenir malvado, algo que define la lógica de la culpa y el pecado del cristianismo en el ascetismo sacerdotal, como bien analiza Abelardo, P. (1990): «El pecado es el consentimiento mismo, es decir, la culpa del alma por la que es merecedora de la condena y el menosprecio de Dios […] Los pecados son solo del alma y no de la carne porque sólo puede existir el menosprecio de Dios allí donde haya conocimiento y racionalidad.» (Abelardo, P., 1990, 36). No obstante, pienso que una traducción afín a poner el énfasis en la cuestión del desequilibrio como rasgo elemental de la psicología del sacerdote también facilitaría la comprensión de por qué han triunfado los débiles, pues como bien indica Sarah Kofman, dicho triunfo es la consecuencia de una enfermedad originaria: «[…] Nietzsche explains himself very little on the subject. On the Genealogy of Morals indicates merely that in the priestly aristocracies the dominant customs, being hostile to action, privileged fantasy and the discharge of affect. Hence the illness was initially psychical, an internalization of the drives with, as a psychological consequence […]» (Kofman, S., 1993, 53).

Será en función de la genealogía (que investiga el origen de los sentimientos morales) que podrá verse si los instintos son o no suficientemente fuertes, ya que el individuo no es consciente de sus cargas pulsionales. Aunque la noción de pulsión (Trieb, tendencia) sea una noción freudiana, se entiende por la base del “superyó” el inconsciente, de modo que el individuo no puede ser consciente de sus cargas pulsionales. De aquí proviene la fuerza del “superego”, de la fuerza de la pulsión. La ley del padre es el poder del ego como la fuerza de la moral. Deleuze constata esta relación entre Nietzsche y Freud en la concepción del “yo”, cuando afirma: «Al igual que Freud, Nietzsche piensa que la conciencia es la región del yo afectada por el mundo exterior» (Deleuze, G., 1993, 59). Más allá de la cuestión concreta del término freudiano de pulsión, considero importante destacar el papel de la genealogía dentro del descubrimiento de la potencia del instinto, pues es la que permite indagar en el origen de los sentimientos morales y conocer así la potencia y naturaleza de los mismos.

 

Der Wille zu der Macht

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